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lunes, 17 de febrero de 2014

AGRADECIMIENTOS

Agradecimientos
Estoy en deuda con los difuntos Dorothy L. Sayers y Charles Williams, con Mark Musa, con mi amiga
Katherine Picton y con The Dante Society of America por sus expertos conocimientos de La Divina
Comedia de Dante Alighieri, que he usado para escribir este libro. En esta novela he seguido las
normas de esa asociación para el uso de letras mayúsculas para lugares como el Infierno o el Paraíso.
Los cuadros de Sandro Botticelli me han servido de inspiración, igual que los incomparables
escenarios de la Galería de los Uffizi en Florencia. Las ciudades de Oxford, Florencia, Asís, Todi y
Cambridge han aportado sus particulares atmósferas a la novela, igual que la población de
Selinsgrove.
He visitado la biblioteca digital Archive para consultar la traducción al inglés de Dante Gabriel
Rossetti de La Vita Nuova, así como el original italiano. Y he usado la traducción de La Divina
Comedia de Henry Wadsworth Longfellow.
Me gustaría darle las gracias a Jennifer, por sus sugerencias y su apoyo. Esta novela no existiría
sin su amistad y sus palabras de ánimo. Asimismo, le agradezco a Nina sus aportaciones creativas y su
sabiduría. Y le estoy enormemente agradecido a Kris, que leyó una de las primeras versiones de la
obra y me ofreció valiosas sugerencias en varias fases del proceso. Gracias.
He disfrutado trabajando con Cindy, mi editora de Berkley, y estoy deseando volver a trabajar
con ella en mis dos próximas novelas. Gracias también a Tom por su sensatez y energía al gestionar
mi paso a Berkley. Y gracias asimismo a los equipos de realización y diseño que han trabajado en este
libro.
Mi agente de prensa, Enn, trabaja incansablemente para promocionar mis obras y ayudarme con
las redes sociales, que me permiten estar en contacto con los lectores. Es un honor formar parte de su
equipo.
Quisiera darles las gracias también a todas las personas que me han apoyado, especialmente a las
Musas, Tori, Erika y a las lectoras que se encargan de la web Argyle Empire y de los grupos de
SRFans en distintas redes sociales. Deseo agradecerle especialmente a Elena que me asesorase en la
pronunciación de los textos en italiano para el audiolibro. John Michael Morgan hizo un espléndido
trabajo con la lectura de la edición en inglés de El infierno de Gabriel y El éxtasis de Gabriel.
Y, por último, no es ningún secreto que mi intención era terminar la historia del Profesor y
Julianne con El éxtasis de Gabriel. Gracias a todos los que me escribieron pidiéndome que continuara
la historia. Vuestro apoyo constante, así como el de mi familia, es inestimable.
S. R.
Ascensión, 2013

Capitulo 88

88
Julia dormía profundamente, respirando hondo y totalmente inmóvil. La enfermera le dijo a Gabriel
que dejara a la niña en la cunita y durmiera un rato, pero él se negó. Sostenía a su hija en brazos como
si temiera que alguien fuera a arrebatársela.
Los párpados le pesaban, así que se reclinó en la butaca junto a la cama de Julia, con la pequeña
sobre el pecho. Ella se acomodó. Parecía satisfecha, con la mejilla pegada a él y el diminuto culito en
pompa.
—Fe, esperanza y caridad —murmuró—, pero la mayor de todas ellas no es la caridad.
—¿Cómo dices? —Julia se volvió hacia él.
Gabriel sonrió.
—No quería despertarte.
Julia trató de mover las piernas, aguantándose la cicatriz del vientre.
—El dolor vuelve a apretar. Me debe de tocar una inyección pronto. —Miró cómo la niña
descansaba tan tranquila sobre el pecho de él.
—Eres un padrazo, papi.
—Eso espero. Al menos, me esforzaré para llegar a serlo.
—No lo sabía —susurró Julia, con los ojos completamente inundados de lágrimas.
—No sabías ¿qué?
—No sabía que era posible querer tanto a una persona que no eres tú.
Gabriel le acarició la cabecita a Clare.
—Yo tampoco lo sabía. —reconoció, dándole un dulce beso—. Justo estaba discutiendo con san
Pablo —añadió luego.
—¿Ah, sí? ¿Sobre qué? —preguntó ella, sonriendo.
—Le he dicho que la mayor de las virtudes no es la caridad, es la esperanza.
»Descubrí la caridad gracias a Richard y a Grace, pero también gracias a ti. Reconozco que me
ayudó a superar días muy duros. Y cuando estuve en Asís, descubrí la fe.
»Pero sin la esperanza hoy no estaría aquí. Me habría quitado la vida. Sin la intervención divina
en forma de una adolescente en el huerto de Pensilvania ahora estaría en el infierno, y no sentado a tu
lado con nuestra hija en brazos.
—Gabriel —susurró Julia, que de repente sintió que volvía a tener lágrimas en los ojos.
—La caridad es una gran virtud y la fe también, pero la esperanza es la más importante para mí.
»La esperanza es esto —dijo, señalando a la niñita acurrucada contra su pecho, envuelta en ropas
blancas y cubierta con un diminuto gorrito de lana.
Gabriel elevó una espontánea y sentida oración de gracias. En esa habitación tenía tantas
riquezas, que se sentía abrumado. Tenía una esposa bonita e inteligente, con un corazón grande y
generoso, y tenía una preciosa hija.
—Ésta es la culminación de todas mis esperanzas, Gabriel. —Julia alargó el brazo y él le enlazó
el dedo meñique con el suyo—. Es mi final feliz.
El futuro de Gabriel se presentaba lleno de esperanza. Vio ante él una casa en la que resonaban
las risas infantiles y el sonido de piececitos corriendo escaleras arriba y abajo. Vio a Clare con un hermano y una hermana; uno adoptado, el otro no.
Vio bautizos y primeras comuniones, con su familia sentada en el mismo banco de la iglesia,
misa tras misa, año tras año. Vio rodillas peladas, primeros días de colegio, fiestas de promoción,
fiestas de graduación, corazones rotos y lágrimas de felicidad. Vio la alegría de llevar a sus hijos a
Italia, de presentarles a Dante, a Botticelli, a san Francisco.
Se vio llevando a Clare al altar y sosteniendo a sus nietos en brazos.
Se vio envejeciendo junto a su amada Julianne, paseando con ella de la mano por el huerto de
manzanos.
—Ahí aparece mi bendición —murmuró, dándole la mano a su esposa y acariciando la espalda de
Clare Grace Hope, que dormía plácidamente sobre su pecho.
FIN


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Capitulo 87

87
Sentado con Rollito de primavera en brazos, Gabriel perdió la noción del tiempo. Por su mente le
pasaban imágenes sueltas. Se vio entrando en casa con la pequeña en brazos. Dándole el biberón de
madrugada. Volviendo por el pasillo hacia el dormitorio de matrimonio.
Solo. Tan solo...
Había amado a una sola mujer en su vida. Al principio, su amor había sido un amor pagano. La
había idolatrado y adorado. Luego había admitido que había cosas más importantes que lo que él
sentía: la felicidad de Julia, por ejemplo.
Recordó las últimas palabras que le había dicho: «No me arrepiento de haberme quedado
embarazada».
Ahora sí se arrepentiría. Eso le había arrebatado la vida.
Los hombros le temblaron por los sollozos.
Su preciosa y dulce Julianne...
Aunque tenía el móvil en el bolsillo, no le apetecía hablar con nadie. Había recibido mensajes de
Rachel y Richard diciendo que estaban en camino. Rebecca estaba en casa, preparando las cosas para
el bebé y los invitados. Kelly le había enviado un mensaje diciéndole que había encargado flores y
globos, que iban ya camino del hospital.
No se veía con fuerzas para comunicarles que Julia los había dejado.
Contempló la carita de su hija, preguntándose cómo iba a criarla él solo. Había tenido plena
confianza en que Julianne sabría lo que había que hacer. Y ahora, por culpa de su egoísmo, su esposa
ya no estaba.
Perdido en sus pensamientos, no se dio cuenta de que alguien entraba en la habitación. Una vez
más, sus ojos se encontraron con un par de zapatos muy feos, de aspecto resistente.
—Profesor Emerson.
Al reconocer la voz de la doctora Rubio, alzó la cabeza.
Parecía agotada.
—Siento mucho lo sucedido. Hemos tenido varias emergencias a la vez y no he podido salir hasta
ahora. Siento haber tardado...
—¿Puedo verla? —la interrumpió Gabriel.
—Por supuesto, pero tengo que explicarle lo sucedido. Su esposa...
Gabriel no podía soportarlo. El dolor lo atenazaba. Todas las conversaciones que había mantenido
con Julia sobre el tema de tener hijos volvían a su mente para martirizarlo.
Todo era culpa suya. La había convencido de tener un bebé y la había dejado embarazada cuando
ella aún no estaba preparada. Él era el único responsable. Él había plantado la semilla en su vientre y,
al hacerlo, la había matado.
Bajó la cabeza, abatido.
—Profesor Emerson.
La doctora Rubio se acercó.
—Profesor Emerson, ¿se encuentra bien? —le preguntó, antes de murmurar unas palabras en español.
—¿Puedo verla? —repitió Gabriel.
—Por supuesto. —La doctora señaló hacia la puerta—. Siento que no vinieran a buscarlo antes,
pero el personal no daba abasto.
Gabriel se levantó lentamente y se dirigió a la puerta sin soltar a la niña.
La doctora Rubio le pidió que la dejara en la cuna con ruedas y luego la empujó hacia el pasillo.
Mientras las seguía, Gabriel se sacó del bolsillo el pañuelo con sus iniciales bordadas que le
había regalado Julia un día, porque sí. Ella era así, de alma y corazón generosos. Ojalá se hubiera
puesto la estrella de David que ella le había regalado por su aniversario. Le habría servido de
consuelo.
Atravesó una serie de estancias tras la doctora, hasta que llegaron a una gran sala con varias
camas.—
Aquí está.
Gabriel se detuvo en seco.
Julianne estaba en una de las camas de hospital. Una enfermera se inclinaba sobre ella para
ponerle una inyección.
Vio que movía las piernas debajo de la sábana. La oyó quejarse. Parpadeó rápidamente. ¿Sería un
espejismo provocado por las lágrimas? Se tambaleó.
—¿Profesor Emerson? —La doctora Rubio lo sujetó por el codo—. ¿Se encuentra bien? —Llamó
a la enfermera y le pidió que acercara una silla a la cabecera de la cama de Julia. Lo ayudaron a
sentarse y luego dejaron la cunita a su lado.
Alguien le dio un vaso de agua. Él se lo quedó mirando como si no supiera qué hacer.
La voz de la doctora Rubio, que hasta ese momento le había llegado muy apagada y confusa, de
pronto le sonó clara.
—Como le he dicho, su esposa ha perdido mucha sangre. Hemos tenido que hacerle una
transfusión. Al hacerle la incisión para la cesárea, por desgracia me he encontrado con uno de los
fibromas y ha sangrado mucho. Tras la cesárea ha habido que hacerle cirugía reparadora. Por eso la
intervención se ha alargado tanto.
—¿Fibroma? —repitió Gabriel, llevándose una mano a la boca.
—Uno de los fibromas estaba adherido al útero, justo en el lugar donde hemos hecho la incisión.
Hemos detenido la hemorragia y la hemos suturado, pero eso ha hecho que la cesárea fuera más
complicada de lo habitual. Por suerte, el doctor Manganiello, el cirujano de guardia, estaba aquí. Su
esposa se pondrá bien —concluyó, apoyándole una mano en el hombro—. No parece que el útero haya
quedado dañado.
»Pronto se despertará, pero estará atontada. Le he pautado medicación para controlar el dolor.
Mañana pasaré a visitarla. Felicidades por el nacimiento de su hija. Es una niña preciosa. —Y con una
sonrisa de despedida, la mujer se marchó.
Gabriel miró a Julia y comprobó que le había vuelto el color a las mejillas. Estaba durmiendo.
—¿Señor Emerson? —le preguntó una enfermera al ver que estaba llorando—. ¿Puedo traerle
algo?
Él negó con la cabeza, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.
—Pensaba que había muerto.
—¿Qué? —preguntó ella, bruscamente. —Nadie me dijo nada. Parecía muerta la última vez que la vi. Pensé...
La enfermera se acercó, mirándolo horrorizada.
—Lo siento mucho. Alguien del turno de noche debió salir a explicarle lo que estaba pasando. Ha
habido otra cesárea de emergencia al mismo tiempo que la de su mujer. Han salvado a la paciente,
pero no han podido salvar a la niña.
Gabriel miró a la enfermera.
—Pero eso no es excusa —siguió diciendo ella en voz baja—. Alguien debió salir a decirle que su
esposa estaba bien. Llevo trabajando aquí diez años y por suerte hemos perdido a muy pocas madres.
Pero cuando ocurre, se abre una investigación inmediata y todo el mundo queda destrozado.
Gabriel estaba a punto de preguntarle a qué cantidad se refería al decir «muy pocas» cuando oyó
que Julia gruñía. Dejó el vaso de agua y se levantó.
—¿Julianne?
Ella parpadeó y abrió un poco los ojos. Lo miró un instante, pero en seguida volvió a cerrarlos.
—Nuestra hija está aquí. Es preciosa.
No se movió, pero unos minutos después volvió a quejarse.
—Me duele —susurró.
—Aguanta. Voy a buscar a alguien. —Gabriel llamó a una enfermera.
Después de que ésta hubiera ajustado el gota a gota, él sacó a la niña de la cunita.
—Querida, te presento a tu hija. Es preciosa. Y tiene pelo. —La incorporó un poco para que Julia
pudiera verla.
Ella abrió los ojos, pero su mirada parecía desenfocada. Volvió a cerrarlos en seguida.
Gabriel apretó al bebé contra su pecho.
—Cariño, ¿me oyes?
—Su esposa tardará un rato en despertarse del todo, no se preocupe. —La voz de la enfermera lo
sacó de sus pensamientos, lo que fue de agradecer ya que Gabriel había empezado a preguntarse si a
Julia no le había gustado la niña.
Devolvió a la pequeña a la cuna y se sentó con la mirada clavada en su esposa. No pensaba volver
a perderla de vista nunca más.
Le llegó el tono de aviso de un par de mensajes de texto que había recibido. Uno era de Richard y
Rachel diciéndole que llegarían pronto. Tom y Diane les mandaban felicitaciones y todo su amor.
Y Katherine Picton insistía en su petición de que la hicieran madrina. Le ofreció un valioso
ejemplar de La Vita Nuova de Dante como aliciente adicional.
Gabriel sacó varias fotos de Rollito de primavera con el iPhone y las envió por email a todo el
mundo, incluida Kelly. A Katherine le dijo que no necesitaban ningún incentivo. Estarían encantados
de que fuera la madrina.
—¿Tiene pelo? —Cuando Julia se despertó finalmente, lo primero en lo que se fijó fue en los
mechones oscuros que asomaban bajo el gorrito lila.
—Sí, mucho pelo. Creo que es más oscuro que el tuyo. —Con una sonrisa, Gabriel le depositó a
la niña sobre el pecho.
Julia desenvolvió al bebé y se abrió el camisón, para quedar piel contra piel con su hija.
Gabriel nunca había visto una imagen tan increíble.
—Es preciosa —susurró ella. —Como su madre —apuntó él.
Julia le dio suaves besitos en la cabeza.
—No lo creo. Tiene tu cara.
Gabriel se echó a reír.
—Si tú lo dices... Yo no le encuentro el parecido, aunque parece que tiene los ojos del mismo
color que los míos. Tiene unos ojazos enormes, pero no le gusta mucho abrirlos.
Julia le examinó la carita antes de abrazarla con fuerza.
—¿Te duele?
Ella hizo una mueca.
—Me siento como si me hubieran partido en dos con una sierra.
—Sí, algo así te hicieron.
Ella lo miró curiosa.
—No, querida, no miré. —Gabriel le besó la cabeza—. Deberíamos decidir qué nombre vamos a
ponerle. A sus abuelos no les va a hacer gracia que la llamemos Rollito de primavera. Y Katherine me
ha escrito diciéndome que deberíamos llamarla como ella.
—Habíamos hablado de Clare o Grace.
Gabriel se lo planteó.
—Clare m e gusta, pero como rezamos ante la tumba de San Francisco para pedirle un hijo, tal
vez deberíamos llamarla Frances.
—Santa Clara era amiga de san Francisco, así que Clare le gustará. Grace podría ser su segundo
nombre.
—Grace —repitió, emocionado.
—¿Qué te parece Clare Grace Hope? Es la culminación de tantas esperanzas, de tanta gracia
concedida...
—Clare Grace Hope Emerson. Es perfecto. —Julia suspiró y le dio un beso a Clare en su
diminuta mejilla.
—Es perfecta. —Él le dio un beso a cada una y las estrechó entre sus brazos.
—Mis niñas... Mis dulces niñas...

Capitulo 86

86
—No me puedo creer que la hayamos perdido —dijo una voz.
—Yo tampoco. Dos cesáreas de emergencia a la vez. Al menos sólo hemos perdido a una —
suspiró otra voz—. Odio las noches como ésta.
—Yo también. Gracias a Dios que ya se ha acabado la guardia.
Gabriel tardó unos minutos en abrir los ojos. ¿Lo había soñado?
Se frotó la barbilla. No lo sabía. Estaba con Julia en el huerto y de repente había oído hablar a las
enfermeras.
Notó un zumbido en la cabeza al recordar a Julia en la mesa de operaciones, pálida e inmóvil.
Las enfermeras tenían que estar hablando de ella.
«No me puedo creer que la hayamos perdido.»
Luchó por contener un sollozo al oír pasos que se acercaban. Tenía la mirada clavada en el suelo,
por lo que lo primero que vio fueron un par de zapatos muy feos. Sabía que era de lo más inadecuado,
pero no pudo evitar pensar que eran gruesos y poco favorecedores. Parecía que estuvieran hechos de
madera.
«Qué manera de malgastar unos buenos pies.»
Levantó la cabeza.
La enfermera, a la que no había visto antes, le dirigió una sonrisa tensa.
—Soy Angie, señor Emerson. ¿Le gustaría conocer a su hija?
Asintiendo con la cabeza, se levantó con dificultad.
—Siento que haya tenido que estar aquí tanto rato. Alguien debería haber venido a buscarlo antes,
pero la guardia ha sido muy movida y acabamos de hacer el cambio de turno.
Angie lo guió hasta una habitación cercana, donde había una cunita. Otra enfermera estaba
escribiendo en un historial médico.
Gabriel se acercó a la cuna transparente y miró.
Un pequeño fardo blanco yacía inmóvil. Al fijarse, vio una cara rojiza y una mata de pelo negro
medio cubierta por un gorrito lila.
—Tiene pelo.
Angie estaba a su lado.
—Sí, mucho pelo. Ha pesado casi cuatro kilos y mide cuarenta y ocho centímetros. Es un bebé
muy hermoso.
Angie la cogió en brazos y la acunó.
—Le daremos una pulsera como la que lleva ella para que sepamos que es suya.
La otra enfermera le colocó a Gabriel una pulsera de plástico blanco en la muñeca.
—¿Le gustaría sostenerla?
Él asintió, secándose el sudor frío de las palmas en la ropa verde de quirófano.
Angie le colocó el bebé en los brazos con mucha delicadeza. Inmediatamente, la niña abrió los
ojos, que eran grandes y de color azul oscuro, y lo miró.
Cuando sus miradas se cruzaron, Gabriel sintió que el mundo dejaba de girar.
Luego ella bostezó, abriendo mucho su diminuta boca rosada y volvió a cerrar los ojos. —Es preciosa —susurró.
—Sí, lo es. Y está sana. El parto ha sido complicado, pero está bien. Aunque ahora tenga la cara
un poco hinchada, es normal. Se le pasará pronto.
Gabriel levantó el brazo hasta que tuvo a la niña a escasos centímetros de la cara.
—Hola, Rollito de primavera. Soy tu papá y llevo mucho tiempo deseando conocerte. Te quiero
mucho.
La abrazó y escuchó su delicada respiración, notando el latido de su diminuto corazón a través de
la ropa que la cubría.
—¿Y mi esposa? —preguntó Gabriel con la voz rota, sin molestarse en secarse las lágrimas que
le resbalaban por las mejillas.
Las enfermeras se miraron.
—¿La doctora Rubio aún no ha hablado con usted? —preguntó Angie.
Él abrazó a su hija con fuerza y negó con la cabeza.
Angie se volvió hacia la otra enfermera, que tenía el cejo fruncido.
—Ya debería haberlo hecho. Lo siento. Todos han estado muy ocupados y acabamos de hacer el
cambio de turno, pero igualmente... —Señalando una silla cercana, añadió—: ¿Por qué no se sienta
con su hija? Iré a buscar a la doctora.
Gabriel se sentó con la pequeña pegada al corazón.
Las caras de las enfermeras lo decían todo.
No habría una feliz reunión.
Nunca vería a Julia sosteniendo a la niña en brazos.
La había perdido. Igual que Dante perdió a Beatriz, había perdido a su amada.
—Te he fallado —murmuró.
Abrazando a la niña con más fuerza, Gabriel lloró.

Capitulo 85

85
—¡Joder! —La doctora Rubio dio una serie de instrucciones que el equipo se apresuró a cumplir.
—¿Qué pasa? —Gabriel agarró la mano de Julia con más fuerza.
La mujer lo señaló con la cabeza, sin mirarlo.
—Sacad al marido de aquí.
—¿Cómo? —Gabriel se puso de pie de un salto—. ¿Qué está pasando?
—He dicho que lo saquéis de aquí —le gritó la doctora Rubio a una de las enfermeras—. Y que
baje el cirujano de guardia. Inmediatamente.
Ésta se lo llevó hacia la puerta.
—¿Qué está pasando? ¡Díganme que está pasando! —exclamó con impotencia.
Nadie le respondió.
La enfermera le tiró del brazo.
Gabriel volvió a mirar a Julia. Tenía los ojos cerrados, la cara muy pálida, el cuerpo inmóvil.
Parecía que estuviera muerta.
—¿Se pondrá bien?
La enfermera lo llevó hasta la sala de espera de la zona quirúrgica.
—Alguien saldrá pronto a hablar con usted. —Asintiendo con la cabeza para darle ánimos, volvió
al quirófano.
Él se dejó caer en una silla, con la mente funcionándole a toda velocidad. No encontraba
respuestas. Habían estado preparándose para hacer la cesárea cuando de pronto...
Se quitó la mascarilla de la cara.
Sintió que el pánico le recorría las venas. Sólo veía el rostro de Julia y sus brazos extendidos,
como si estuviera en una cruz.
Gabriel soñó que iba caminando por el bosque de detrás de la casa de Selinsgrove. Había
recorrido ese camino mil veces. Podía recorrerlo de noche sin perderse, pero era de día.
Al acercarse al bosque, oyó que una voz lo llamaba. Se volvió y vio a Grace llamándolo desde el
porche.
—Vuelve.
Él negó con la cabeza y señaló hacia el huerto de manzanos.
—Tengo que ir a buscarla. La he perdido.
—No la has perdido —replicó Grace, con una sonrisa paciente.
—Sí. Se ha ido. —El corazón de Gabriel se aceleró
—No, no se ha ido. Vuelve a casa.
—Luego volveré, pero tengo que encontrarla. —Gabriel examinó los árboles antes de entrar en el
bosque por si la veía, pero no había ni rastro de ella.
Aceleró el paso hasta echarse a correr. Las ramas se rompían tras arañarle la cara o la ropa. Al
llegar al claro se dejó caer de rodillas y apoyó las manos en el suelo. Examinó el claro rápidamente y
soltó un grito angustiado al darse cuenta de que Julianne no estaba allí.

Capitulo 84

84
En su ausencia, Julia cerró los ojos y se concentró en respirar hasta que estuvo en el quirófano y la
doctora Rubio empezó a tocar el área que habían desinfectado para la incisión.
—Lo he notado —dijo Julia, claramente alarmada.
—¿Notas una presión?
—No. He notado cómo me pellizcaba la piel.
Gabriel estaba sentado junto a ella, por encima de la pantalla de tela que le tapaba la visión de la
mitad inferior de su cuerpo.
—¿Te duele?
—No —respondió Julia, asustada—, pero aún siento el dolor. Tengo miedo de notar la incisión.
La doctora Rubio repitió la prueba, pellizcándole la piel varias veces. Ella insistía, cada vez más
aterrorizada, en que notaba todos los pellizcos.
—Tenemos que dormirla —anunció el anestesista, moviéndose rápidamente para preparar una
anestesia general.
—Es duro para el bebé. Dale otra cosa —protestó la doctora Rubio.
—No puedo darle nada más. Lleva una epidural y un calmante. Voy a dormirla.
Julia levantó la vista hacia los amables ojos del médico anestesista.
—Lo siento —se disculpó.
Él le dio unas palmaditas en el hombro.
—Cariño, no lo hagas. Esto es el pan de cada día. Tú sólo trata de relajarte.
Mientras el equipo se movía rápidamente de un lado a otro preparándolo todo, Gabriel no paraba
de hacer preguntas.
Julia le apretó la mano, como pidiéndole que no perdiera los nervios. Necesitaba que no perdiera
el control. Necesitaba que cuidara de ella mientras estuviera anestesiada.
Apenas se daba cuenta de lo que los médicos estaban haciendo, ni de las instrucciones del
anestesista. Lo último que oyó antes de sumirse en la oscuridad fue la voz de Gabriel asegurándole
que estaría a su lado hasta que se despertara.

Capitulo 83

83
—¿Julia? —Gabriel le apretaba la mano cada vez que empezaba una contracción, con la vista clavada
en el monitor para poder anunciarle cuando ésta comenzaba a disminuir. Luego le acariciaba los
nudillos o la frente.
—Lo estás haciendo muy bien.
Gabriel no. Estaba desaliñado y nervioso y cuando tenía un poco de tiempo para pensar en ello, se
sentía extremadamente preocupado. A pesar de que estaban en un hospital con una excelente
reputación en Boston, rodeados de un excelente personal sanitario, estaba aterrorizado.
Sin embargo, se cuidaba de mantener sus miedos en secreto, rezando en silencio para que Julia y
Rollito de primavera estuvieran bien.
Poco antes de las nueve de la noche, Julia empezó a tener fiebre. A aquella hora, la doctora Rubio
ya estaba al cargo. La examinó y ordenó que le suministraran un antibiótico por el gota a gota.
Gabriel se mordió el labio mientras observaba a la enfermera colgar una nueva bolsa al lado de
los demás fluidos que entraban lentamente en el brazo de su esposa.
La doctora Rubio rompió la bolsa del líquido amniótico y animó a Julia a que empezara a
empujar. La anestesia epidural le quitaba parte del dolor, pero no del todo, aún tenía sensibilidad en la
mitad inferior del cuerpo.
La enfermera Susan le sostenía una de las piernas mientras Gabriel le aguantaba la otra. Julia
apretaba con todas sus fuerzas y, aunque la doctora Rubio y él la animaban a seguir, lo cierto era que
no pasaba nada. Finalmente, la obstetra reconoció lo que Gabriel llevaba rato temiéndose. Rollito de
primavera seguía atravesada y estaba situada demasiado arriba como para poder sacarla con fórceps.
Julia gruñó débilmente al oír las noticias, dejándose caer en la cama, exhausta.
—¿Y eso qué significa? —preguntó Gabriel.
La doctora Rubio frunció los labios.
—Significa que hemos de hacer una cesárea de urgencia. El ritmo cardíaco del bebé empieza a
acelerarse y su esposa tiene fiebre, lo que indica que probablemente haya infección. Voy a avisar al
equipo quirúrgico. Hemos de operar cuanto antes.
—Me parece bien. Lo que haga falta —dijo Julia.
Estaba cansada, muy cansada. La idea de acabar el parto, del modo que fuera, le resultaba muy
agradable.
—¿Está segura? —preguntó Gabriel, apretando la mano de su esposa con fuerza.
—La verdad es que no tenemos más opciones, señor Emerson. El bebé no puede nacer en esa
postura. —La voz de la doctora Rubio era firme.
—Ya le he dicho que es profesor Emerson —saltó él, hecho un manojo de nervios.
—Cariño, relájate. Todo va a salir bien. —Julia sonrió débilmente y cerró los ojos, animándose
mentalmente para resistir la siguiente oleada de dolor que le recorrería el cuerpo.
Él le dio un casto beso y le murmuró una disculpa justo antes de que la habitación se convirtiera
en un hervidero de actividad. El anestesista llegó y le hizo una serie de preguntas. La enfermera le
pidió a Gabriel que la acompañara para ponerse ropa quirúrgica.
Él no quería separarse de Julia ni un segundo. Llevaba horas a su lado, dándole a chupar trocitos de hielo y apretándole la mano. Pero si quería entrar con ella en el quirófano, tenía que ponerse ropa
estéril.
Antes de que se marchara, Julia alargó la mano hacia él. Gabriel se la cogió y le besó la palma.
—No me arrepiento —susurró.
Él se echó un poco hacia atrás para mirarla. La medicación parecía estarla afectando.
—¿De qué no te arrepientes, querida?
—De haberme quedado embarazada. Cuando todo esto haya acabado, tendremos a nuestra hija.
Seremos una familia. Para siempre.
Gabriel le dirigió una sonrisa forzada y la besó en la frente.
—Te veré en seguida. Sé fuerte.
Ella le devolvió la sonrisa antes de volver a cerrar los ojos, respirando hondo para resistir la
siguiente contracción.